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Dana o gota fría, riesgos hidrológicos y sus medidas preventivas

El otro día hablamos de los FMEX y otros elementos atmosféricos, como uno de los riesgos laborales, quizás los primeros, a los que nos enfrentamos los funcionarios de policía en nuestro servicio. Estos riesgos no sólo nos afectarían dentro de la función policial propiamente dicha y en el servicio a la intemperie; no podemos olvidar que formamos parte del servicio nacional de Protección Civil.

Ahora se nos acerca el otoño, el riesgo hidrológico se nos viene encima, en pocas semanas podremos registrar una DANA en Levante (son habituales de esa época del año), y en el norte ciclogénesis explosivas.

Aunque estamos ante un riesgo habitual en la región del planeta en que habitamos, debemos de tener en cuenta que el cambio climático va a potenciar la amenaza que suponen los riesgos naturales ordinarios a través de los FMEX.

DANA O GOTA FRÍA

Por proximidad en el tiempo y por la confusión que pueden llevar los términos, vamos a estudiar este fenómeno.

Tradicionalmente venimos hablando y conocemos al fenómeno meteorológico de la DANA como Gota Fría («Kaltlufttropfen», Köppen y Sherhag, Alemania 1886). En los últimos tiempos la AEMET, prefiere el concepto de DANA (depresión aislada en niveles altos). Opta por ese término frente al de gota fría, ya que sus técnicos entienden que la segunda de las expresiones no cuenta con base científica que sirva únicamente para explicar aquellas situaciones meteorológicas que dan lugar a un impacto social. La DANA apunta al proceso por el que da lugar el fenómeno.

La definición de la DANA que nos aporta la agencia estatal es, «depresión cerrada en altura que se ha aislado y separado completamente de la circulación asociada al chorro, y que se mueve independientemente de tal flujo, llegando a veces, a ser estacionaria o incluso retrógrada (su desplazamiento es, en estos casos, de dirección este-oeste)». Es una masa de aire fría que se separa de otra más grande a gran altura y que desciende hasta chocar con aire más templado, pudiendo llegar a producir perturbaciones meteorológicas.

Las DANAS nacen de las corrientes en chorro, que son masas de aire frío, fuertes y estrechas situadas entre la troposfera y la estratosfera (entre 10 y 50 km de altitud), que pueden llegar a discurrir a lo largo de miles de kilómetros y tener una anchura de varios cientos de kilómetros. Su movimiento habitual es oeste-este, aunque en ocasiones un extremo de la corriente puede tomar una dirección norte-sur, lo que hace que la masa de aire se doble, incluso que pueda llegar a romperse. De ocurrir esto, se genera una masa de aire independiente (fría), completamente aislada y rodeada de aire templado. La masa fría puede sobreponerse a la templada dando lugar a lluvias fuertes, viento, tormentas y también granizo. Recordemos las últimas soportadas.

Sus efectos sobre la superficie terrestre, serán de mayor intensidad cuanto más grande sea la diferencia entre la temperatura de la masa de aire frío y la del mar. Si el mar está templado la evaporación será rápida y se condesará alcanzando la masa fría y dando lugar a nubes de gran tamaño y mayores precipitaciones.

La duración de este fenómeno no es fija, su ciclo acaba cuando la masa de aire aislada regresa a una corriente en chorro, o cuando termina mezclándose con aire templado hasta desaparecer. Los efectos tampoco tienen una duración fija en superficie, normalmente duran una semana.

A mediados de la década de los ochenta del pasado siglo el Instituto Nacional de Meteorología decidió cambiar el término de Gota Fría a DANA (Depresión Aislada en Niveles Altos). Los científicos descubrieron que estas bajadas de presiones se podían producir a diferentes latitudes. Al producirse fenómenos meteorológicos diferentes a distintas latitudes lo lógico era diferenciarlos, como, por ejemplo, los de origen térmico que también son bajadas de presión aisladas que se dan en la península durante los meses más cálidos en las capas más bajas de la atmósfera. Por lo tanto, como el propio término señala, las DANAS se producen cuando hay una bajada de presión, de forma aislada, en los niveles altos de la atmósfera.

Este FMEX se genera por norma general durante el otoño, siendo dentro de la península el área con mayor probabilidad de sufrir los efectos de la misma la mediterránea y parte de la meseta, zonas donde se produce ese choque de aire polar que discurre sobre la parte occidental del continente europeo con el aire cálido y húmedo del mar Mediterráneo.

Dentro del riesgo que aporta para la población este FMEX está el hidrológico que, en nuestro caso, y en el de los otros servicios de emergencia se extrema más dentro de nuestra función de protección civil.

La orografía española es accidentada con numerosas cordilleras que dan lugar a que contemos con múltiples ríos, torrentes y barrancos. Estos accidentes unidos a la climatología, sobre todo en otoño, hacen que los riesgos de inundaciones y riadas estén presentes todos los años. El agua no es absorbida por la tierra, va a parar a los barrancos y torrentes. A su paso, mueve y arrastra árboles y otros elementos que pueden llegar a taponar los puentes, creando presas que hacen subir el nivel del agua que inundan las zonas próximas al cauce. No podemos olvidar tampoco que el crecimiento urbanístico descontrolado de otras épocas y que en muchos casos desviaron los cursos de ríos y torrentes hacen que el agua busque una salida e inunde, fincas, viviendas e infraestructuras.

En la región atlántica, consecuencia de las variaciones que estamos soportando en los últimos años, con origen en el cambio climático, la magnitud y frecuencia de las borrascas se intensifica, generando trenes de borrascas profundas (en los últimos tiempos en medios se viene informando de ciclogénesis explosivas), que dan lugar a lluvias torrenciales, nevadas intensas y temporales de vientos que pueden llegar a alcanzar los 150 kilómetros a la hora (80.99 kn o 12 en Escala de Beaufort).

LOS RIESGOS HIDROLÓGICOS

La diversidad climatológica de las diferentes zonas de nuestro país (península, archipiélagos y ciudades autónomas), hace que las precipitaciones presenten una gran variabilidad en cuanto a su intensidad, su distribución espacial y temporal, dando lugar tanto a episodios de inundaciones como de sequía.

Las inundaciones son la ocupación por parte del agua de zonas que, habitualmente, están libres de esta, ya sea por desbordamiento de ríos y ramblas, por una subida de las mareas por encima del nivel habitual o avalanchas causadas por tsunamis.

Dentro del sistema de Protección Civil las inundaciones se clasifican en:

  • Inundaciones por precipitación in situ, fundamentalmente en poblaciones por el mal funcionamiento de la red de alcantarillado
  • Inundaciones por escorrentía, avenida o desbordamiento de cauces, provocadas por: precipitaciones, deshielo o fusión de nieve, obstrucción de cauces naturales o artificiales, invasión de cauces, aterramientos o dificultad de avenamiento y acción de las mareas.
  • Inundaciones por rotura o la operación incorrecta de obras de infraestructura hidráulica.

En España, el régimen pluviométrico es muy variable, pasando de estados de sequía a fuertes precipitaciones que en pocas horas alcanzan valores superiores al promedio. Estas precipitaciones extraordinarias, como hemos visto en el anterior apartado, provocan caudales extremos, habitualmente denominados crecidas, avenidas o riadas, que al desbordar su cauce habitual provocan la inundación de terrenos, afectando a personas y bienes.

La gran desproporción entre los caudales ordinarios y extraordinarios de algunos ríos, en un breve plazo de tiempo, y los graves daños que estos producen, hace que el problema de las inundaciones revista en nuestro país una especial gravedad y por tanto una alerta extra en nosotros como policías dentro de nuestra demarcación.

El riesgo de inundaciones afecta prácticamente a toda la geografía española. Las zonas más castigadas son las costas bañadas por los mares Cantábrico y Mediterráneo, la cordillera pirenaica y las divisorias de los ríos Guadiana y Tajo.

Aunque la pluviometría más torrencial la vemos en las zonas reflejadas en el párrafo anterior, se pueden soportar episodios aislados en otras zonas del país. Las inundaciones pueden ser consecuencia de otros efectos como:

  • Cuando en los meses de primavera, se presenta un periodo cálido y lluvioso, de manera que se fuerza el deshielo acelerado de las cumbres; el agua cambia de estado sólido a estado líquido. El incremento en la temperatura asociado al cambio climático provoca el rápido derretimiento del hielo y la nieve acumulada, pudiendo generar crecidas inesperadas y repentinas de ríos y arroyos. Por tal riesgo, son importantes las cuencas del Ebro o Duero, siendo el riesgo poco significativo en el resto del país. Estos ciclos naturales, sin embargo, se están viendo alterados como consecuencia del calentamiento global.
  • Mareas vivas asociadas a las situaciones de lluvias extremas, que dificultan el desagüe de las crecidas de otros tipos, actuando como un factor de intensificación de éstas. Esto es un riesgo importante en la costa atlántica, en el golfo de Cádiz, en las costas bajas de la comunidad valenciana, etc.
  • Por rotura o funcionamiento incorrecto de una presa puede originar aguas abajo crecidas repentinas de cierta importancia, llegando incluso a transformarse en inundaciones. Ejemplos en España de estas calamidades los tenemos en la rotura de la presa de Ribadelago-Zamora (1959) o Tous-Valencia (1952). La rotura de presas es un hecho con una probabilidad muy baja, pero el funcionamiento anómalo de las mismas, sí es posible a lo largo de la vida útil de estas infraestructuras.

MEDIDAS PREVENTIVAS EN RIESGOS HIDROLÓGICOS

El servicio nacional o autonómico de Protección Civil, en colaboración con la Agencia Estatal de Meteorología, se encarga de informarnos a través de cauces oficiales con los ayuntamientos, comandancias y comisarías, de aquellos fenómenos meteorológicos que pueden dar lugar a situaciones de riesgo de inundaciones.

Ante las posibles emergencias originadas por lluvias intensas, conviene adoptar una serie de medidas preventivas que ayuden a evitar, o cuando menos minimizar, los riesgos y efectos de las mismas.

Respecto a las medidas preventivas con las que os quiero formar, además de ser con las que trabajamos habitualmente los técnicos de prevención, en mi experiencia como militar, deportista de montaña y de otros medios agrestes, me he visto en la necesidad de llevarlas a practica en algunos sustos que me llevé.

Estas medidas no son únicamente de autoprotección, también tenemos que seguir medidas de prevención de las jefaturas o acuartelamientos. Muchos de nuestros acuartelamientos, al igual que otras construcciones y viviendas, están mal configurados para prevenir los riesgos del agua, lo que es un factor de riesgo añadido a los propios de una crecida.

En nuestras jefaturas debemos de adoptar las siguientes precauciones:

  • Retirar de su exterior aquellos objetos o elementos que pudieran ser arrastrados por las aguas.
  • Revisar por parte del servicio de mantenimiento y cada cierto tiempo, el estado de la cubierta, bajantes de agua y desagües próximos.

Es necesario para evitar pérdidas materiales, configurar las jefaturas y acuartelamientos en tal forma que una calamidad afecte en lo mínimo el servicio público que prestamos. Los archivos, aun contando con soporte informático, también los parques de material, no pueden dejarse en los sótanos u otras plantas que pudieran verse afectadas por una crecida de aguas. En otras plantas tampoco a ras del suelo.

Como medidas de autoprotección para policías y guardias civiles,es de enorme importancia:

  • Con previsión de fuertes lluvias, se debe de retirar el servicio en motocicleta. Si no se cuenta con Evaluación de Riesgos y Planificación de Medidas, se debe emitir por la Jefatura una instrucción o protocolo ad hoc para estas situaciones.
  • Nunca estacionaremos los vehículos en cauces secos, ni a la orilla de ríos para evitar ser sorprendido por una súbita crecida de agua o por una riada.
  • En caso de que se inunde la jefatura, debemos de abandonar cuanto antes los sótanos y plantas bajas, desconectando la energía eléctrica y empleando linternas.
  • Si nos encontráramos en el campo, debemos de alejarnos de los ríos, torrentes y zonas bajas de laderas y colinas, evitando atravesar vados inundados.
  • Nos dirigiremos a los puntos más elevados de la zona.
  • Tenemos que evitar acercarnos a las bases de las laderas para no quedar atrapados por el agua y que a menudo arrastra barro, restos de árboles y piedras. Si tuviéramos que llegar a su techo para buscar una zona de refugio, es mejor llegar rodeando ese accidente. No siempre la línea recta es el camino más seguro y rápido.
  • En servicios de auxilio y salvamento, no actuaremos jamás en forma aislada y sin que base, sala operativa, o mando conjunto conozcan nuestra posición. Seguiremos las medidas de coordinación dispuestas para con otras patrullas o servicios de emergencia que actúen en la zona asignada.
  • Nunca saldremos de nuestros vehículos sin los equipos de transmisiones.
  • En aquellos casos en que los patrulla u otro medio de transporte que empleemos, carezcan de localizador, comunicaremos a la sala operativa o base, cualquier variación en el itinerario previsto; sobre todo cuanto circunstancialmente tengamos que abandonarlo.
  • Cumpliremos escrupulosamente las instrucciones y órdenes para el servicio que se nos hallan comunicado.
  • Conduciremos con las técnicas adecuadas, con velocidad corta y avanzando muy lentamente, para que el agua no penetre en el motor y lo pare. Los frenos no funcionan bien si están mojados por lo que los deberemos comprobarlos varias veces después de cruzar.
  • No debemos atravesar con nuestro patrulla las corrientes rápidas de agua, salvo que sea absolutamente necesario y teniendo en cuenta que, si el nivel del agua supera la altura de los ejes de las ruedas, el vehículo pudiera ser arrastrado por la corriente.
  • En calzadas con nula o poca visibilidad es posible que encontremos peligros como socavones, arrastres del terreno, puentes destruidos, etc.
  • Las corrientes rápidas de agua arrastran rocas, troncos de árboles y otros objetos que pueden impactar con fuerza contra el vehículo.
  • Si el vehículo patrulla se nos atasca en medio de la corriente tendremos que valorar la necesidad de abandonarlo y como vimos anteriormente, buscar el refugio de lugares altos. Si en ese momento las puertas se quedaran bloqueadas saldremos por las ventanillas; tenemos medios para fracturarlas (bastón, defensa, navaja, grilletes y si fuera necesario, en última instancia, el arma de fuego).
  • Cuando estemos prestando el servicio a pie, no atravesaremos las corrientes rápidas de agua salvo que sea absolutamente necesario y, en ese caso adoptaremos las máximas precauciones. Tengamos en cuenta que, si el nivel de agua supera los 15 centímetros de profundidad, la fuerza de la corriente y el impacto de material arrastrado, u otro compañero, nos pueden derribar. Cuando el nivel supere la altura de nuestras rodillas, ese peligro se multiplica. Tenemos que emplear un bastón o una barra metálica o de madera para atravesar las zonas embalsadas.
  • Escaparemos de instalaciones y líneas eléctricas. Recordar que el agua es conductora de la corriente eléctrica y que incluso, a relativa distancia, es posible la electrocución.

AUTOR:

ALEJANDRO LÓPEZ
Policía Local

Técnico Superior y perito judicial en PRL.

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